certamen-2006

Inicio > INICIATIVA SOCIAL > CERTÁMENES LITERARIOS > CERTÁMENES ANTERIORES > 2006 > Primer Premio de Relato

Primer Premio de Relato 2006

La resurreción de Ana

Miguel Sánchez Sobrino

Caía como un fardo que llevase plomo o un cuerpo muerto dentro, y mientras se iba al fondo los pacientes nuevos nos mirábamos sorprendidos de la pasividad de Rosa, que no hacía nada por salvarla. Después de un tiempo interminable en el que conteníamos la respiración como si nosotros también estuviésemos ahogándonos, cuando ya alguno iba a gritar o a olvidar sus propias dolencias para zambullirse y asirla por los pelos, Ana emergía sonriente con su gafas acuáticas de ojos saltones de besugo, su gorrito de nenúfares y su cara blanca de otras latitudes sin sol y sin bochorno. Boca arriba, las rodillas y los brazos flexionados y engurruñados los dedos, los nuevos que antes habíamos pasado el susto por el ahogamiento anunciado, ahora, al verla ingrávida, apenas rozando la superficie, nos preguntábamos dónde estaba el truco y dónde el corcho oculto que la hacía levitar sobre el agua. Pero Ana era un pez en su medio que para pasarse la vida flotando no necesitaba de truco ninguno. Llegaba tres veces por semana con una ayudanta percherona y rubicunda, de la que pronto supimos que no era su madre porque no se tomaba siquiera la molestia de ir al vestuario para desnudarla, y se pasaba dos horas dentro de la piscina: una oficial realizando inmersiones y otra haciéndose la remolona con la anuencia de Rosa, que hacía como que se olvidaba de la niña; hasta que la ayudanta señalaba el reloj con la misma vehemencia con que señalan los entrenadores al árbitro para que pite el final del partido cuando van ganando por los pelos.

Algunos íbamos a la piscina más pensando en el espectáculo de Ana que en la propia rehabilitación. Cuando ya sabíamos que no había truco ni ahogado a la vista que nos sobresaltase, disfrutábamos con el disfrute de Ana, sintiendo ridículas nuestras lumbalgias, menguadas las artritis, corregidas las escoliosis, aprendiendo todos de Ana que caía muerta y emergía viva, como una planta resistente y agradecida que nos olvidamos regar durante semanas y que, con sólo unas gotas, resucita de las cenizas de su sequía y al momento se nos ofrece generosa. Con Ana era como si el agua se adentrase por el canal de su médula restableciendo los circuitos y su auténtica naturaleza, convirtiéndola en pez cautivo y feliz que ni conoce ni necesita para nada el mar abierto. Ya afuera del agua milagrosa, cuando la ayudanta no admitía más prórrogas y la sacaban de la piscina, Ana volvía a languidecer inútil en su sillita de inválida, perdida su figura ingrávida y su medio natural de pez hasta dentro de dos días.

Había venido al mundo trece años atrás por un error de cálculo de una licenciada en económicas, Beatriz, una joven directora de sucursal bancaria cuyas metas profesionales casaban mal con los blusones de embarazada. Quiero llegar a lo más alto, le decía a su madre apenas terminada la carrera y contratada por el banco. ¿Qué es lo más alto?, le preguntaba su madre sin saber muy bien cómo eran los organigramas fuera de la intendencia de su cocina. Beatriz tampoco lo sabía muy bien o no sabía explicarlo: A lo más alto, a lo más alto...

La niña nació a término y con problemas. A la semana del parto, a la economista le fallaron de nuevo las cuentas cuando los médicos le aseguraron que Ana jamás andaría ni articularía palabra ni podría valerse por sí sola. Beatriz no se arredró ni por la maternidad ni por sus inconvenientes añadidos; contrató una ayudante interna para la niña y ella siguió externa y a tiempo total buscando en su carrera lo más alto. Se desayunaba fuera, almorzaba fuera, cenaba fuera cerrando pólizas de seguro e imposiciones a plazo fijo. Cuando volvía a casa la niña dormía y el marido le contaba con más rutina que convicción las incidencias domésticas del día: la compra de una sillita más grande para Ana, que crecía, o la subida de sueldo de la ayudanta.

* * *

Aquella tarde Ana tardó en subir a la superficie más que de costumbre y por vez primera en muchos años preocupó a Rosa, que tuvo que bucear por ella y arrastrarla hasta las escaleras de la piscina. Ahora, en lugar de su blanco natural, estaba lívida y boqueaba como un pez al que han sacado del agua.
Beatriz recibió la llamada en plena reunión de directores, y se extrañó porque no estaba acostumbrada a recibir avisos de su casa.

-Es un problema de corazón que nada tiene que ver con su dolencia. Mañana a las ocho está citado el equipo para operarla- anunció el doctor.

-¿Mañana?, eso es imposible. Mañana tengo una reunión que llevo esperando años- contestó Beatriz.

-La reunión suya no sé si podrá esperar un poco más, ni me importa, pero la angiografía dice que la operación de la niña seguro que no espera. Y vamos a operarla con su consentimiento o con el del juez- dijo el cirujano igual que si manejase el bisturí, sin temblarle la voz ni la mano.
Beatriz se adormiló en la sala de espera en una duermevela confusa que sólo conocen los adultos, plagada de esas sensaciones extrañas que nos asedian cuando el cuerpo se abandona más allá de la vida. Soñó primero con el poder, lo más alto, aquello con lo que había soñado despierta toda su vida. Supo entonces que el poder era mentira, una invención de los hombres débiles para compensar carencias; luego soñó con que asomaba el cirujano diciéndole que Ana se moría sin remedio y que quedaba libre para siempre. Y supo entonces que su indiferencia materna fue primero una falta de juventud, y luego una falta de arrestos para apechugar con su suerte, con el ingente cielo de su carga. Y supo entonces también que una mirada sincera de gratitud de su hija valía más que todas las grandes imposturas mundanas. Y se despertó sabiendo que la desvalida sería ella si Ana faltase.
-El remiendo es bueno, ahora sólo es cuestión de cuidarla. No va a andar: a los cirujanos sólo nos está permitido hacer un milagro por persona, pero sí va a vivir como antes- dijo el médico con el indisimulable orgullo del que le ha quitado un cliente a la parca-. Tendrá que tomar una medicación y hacer rehabilitación a diario, mejor si pudiera ser en el agua.

-En el agua, doctor, me han dicho que es el único sitio donde la han visto feliz- dijo sincera Beatriz con una mezcla de vergüenza y de satisfacción al mismo tiempo.

Beatriz despidió a la ayudante de palabra y ella misma se despidió del banco por escrito, sin recoger sus diplomas del despacho ni sus cosas personales, sin contar con nadie, sin dar explicaciones a nadie, ahorrándole al personal su valioso tiempo, la placa y la comida. Una quinta planta no es el mejor sitio para un pez, se dijo. El finiquito de su contrato lo empleó en comprar un terreno a las afueras. Ahora pasaba el día y la noche con la niña y dando instrucciones por teléfono a los operarios. A la primavera siguiente subió a Ana al coche y la condujo hasta la nueva casa.

Te tengo una sorpresa, dijo Beatriz empujando el carrito y abriendo de par en par la enorme puerta. Dentro, bajo un techo acristalado que dejaba ver un cielo azul de mar abierto, apareció una ciudad de agua en la que se espejaba por todas partes la sonrisa de Ana.

Alguien dijo que si el pez pudiera realizar una utopía nunca más habría tierra, sólo agua. Yo he formulado la utopía por ti y por el pez para llegar, ahora estoy segura, a lo más alto. A partir de hoy, Ana, este será tu mundo y también el mío, dijo Beatriz mientras descubría en los ojos de su niña inerme la humanidad entera. La cambió de ropas y la disfrutó por vez primera en trece años como a una recién nacida, sin prisas, bajo la intimidad de la enorme cubierta por la que se colaba el sol entero para ellas dos solas. Ana, con su gorrito de nenúfares asomando junto a su madre, flotaba más que nunca sobre el agua.

FIN

 

 

 

 

 

Escudos