certamen-2007

Inicio > INICIATIVA SOCIAL > CERTÁMENES LITERARIOS > CERTÁMENES ANTERIORES > 2007 > Segundo Premio de Relato

Segundo Premio de Relato 2007

Naufragio

Santiago Casero González

Allí estaba el agua, ¡qué hermosa, sucia, insidiosa!
Saul Bellow, El planeta de Mr. Sammler.

Mi mujer y yo tenemos expectativas muy diferentes con respecto al mar. Con respecto al agua, en realidad: la suya es extática; la mía es sedente y oportunista. Y esa discrepancia nos hace sufrir porque intuimos que no es más que un síntoma falsamente poético de la fractura que nos separa en todo lo demás. Ingenuos, habíamos llegado a esperar que en Venecia se disolverían nuestras divergencias, tal vez llevados por el ilusorio fetiche de la belleza y la lejanía. Sin embargo, allí estábamos de nuevo intentándolo en vano, esta vez en el Lido: yo contemplaba plácidamente sentado en una hamaca cómo el mar se rizaba e hinchaba incluso en la borrosa línea del horizonte; Helga trotaba arriba y abajo por el borde de la playa recogiendo
feas conchas marinas y buscando algo en el interior de su cabeza que le hacía asomar en el rostro una expresión de urgencia de la que yo estaba excluido.

Habíamos llegado a Venecia hacía sólo seis días. Al principio, hay que reconocerlo, funcionó una suerte de ensoñación en relación a nuestro pasado común. Tal vez llevados por el hipnótico brillo de la ciudad
del agua, fantaseamos en silencio con la idea de que no nos conocíamos el uno al otro o de que aquel viaje era el principio de algo que no había tenido preámbulos. La misma noche de nuestra llegada hicimos el amor por primera vez un mucho tiempo.

Alojados en un hotel en Campo San Polo, dejamos las contraventanas abiertas para que subiera hasta nosotros la insinuación del relente corrupto del agua y los ruidos de la calle. Tumbados uno junto al otro, sudando, escuchábamos la agitación del canal bajo nuestra ventana. No dejaban de
pasar barcas de motor que hendían y hacían vibrar el agua a su paso. Primero se oía el plop plop voluptuoso de la ola chocando contra las paredes y luego seguía el siseo de la Serenísima hundiéndose suavemente
en la laguna.

Al día siguiente intenté hacer de nuevo el amor, pero encontré a Helga distante. Nos estábamos preparando para ir a cenar, al Danieli, y esa expectativa me había excitado, de manera que había considerado natural retozar un poco con mi mujer antes de salir del hotel. Qué te pasa, le pregunté. A mí nada; no te preocupes, tú ya has hecho lo que tenías que hacer, me respondió adelantándose a mi siguiente pregunta. Puesto que debía de parecer lo suficientemente desconcertado como para seguir interrogándola, ella me explicó, mirándome a través de un espejo frente al
cual se arreglaba el cabello en un peinado alto, que estaba decidida a tener un hijo, incluso conmigo, y que la corrupción de las calles inundadas de Venecia le parecía un buen caldo de cultivo, si no para el amor pueril con que la ciudad se ofrecía estúpidamente en las guías, sí al menos para la concepción. De la asepsia no ha nacido nunca nada, añadió. Yo creo que esto último lo dijo por decir algo, pero ya me había dejado sumido en una profunda melancolía. Otra vez me hería ese cruel pinchazo en las entrañas, una sopa de sentimientos en la que se mezclaban el orgullo masculino agraviado y la culpabilidad, para lo cual no tenía más recursos que dejar que todo se apagara como una vela.

Esa noche fuimos caminando al Danieli, que no quedaba lejos, uno detrás del otro, escenificando nuestro extrañamiento, pues ya se había instalado entre ambos ese mutismo oneroso que nos perseguía desde hacía ya tiempo apenas hacíamos el más mínimo intento de romper la atroz inercia de una relación que naufragaba.

Por las estrechas y mal iluminadas calles que corrían junto al agua, abarrotadas no obstante de transeúntes a todas horas del día y de la noche, comencé a sentirme como si estuviera en la cubierta de un barco bajo la tormenta. Se me metió en la cabeza que Venecia se había desprendido de terra ferma que navegaba al pairo por el Adriático.

Notaba incluso las nauseas y los mareos que afligen a los novatos. Estás pálido, me dijo Helga cuando a la luz de las grotescas lámparas de Murano del Danieli ya no pude ocultar más mi malestar. ¿Y cómo quieres que esté?, le contesté apretando los dientes para que mis palabras no zumbaran por encima del rumor suave y elegante del comedor.

- Hemos cruzado media Europa para darnos una oportunidad y me dices que no quieres ni que te toque, pero que no me preocupe- sabiendo lo que le desagradaba hablar de ello, evité en todo momento hacer cualquier mención al dinero que nos estaba costando todo.

- ¿Quieres hacer el favor de no levantar la voz?

- No me da la gana.

- Siempre tienes que llamar la atención.

- Además, ¿tú sabes lo que nos está costando todo esto?

- Eres un miserable…

Helga me llamó miserable sin levantar la vista de la comida, pero tenía una veta oscura entre las cejas, como de mármol, y sostenía el tenedor crispando los dedos. Yo saqué un cigarrillo, me lo puse en la boca y lo encendí. Enseguida apareció a mi lado un camarero elegantemente vestido, mi dispiace, é vietato purtroppo…, aplasté el pitillo en el borde del plato y aparté éste.

El resto de la velada transcurrió en medio de un silencio triste y doloroso. Regresamos al hotel en un taxi acuático que nos dejó en la parte trasera del mismo y dimos la vuelta al edificio hasta llegar a la fondamenta donde estaba la puerta principal.

Subimos la escalera sin hablar y nos acostamos hasta el día siguiente mirando cada uno una pared opuesta del cuarto. Esa noche creí oír que alguien pasaba corriendo bajo la ventana de la habitación, pero eso era imposible porque ésta daba directamente a un río oscuro y angosto en el que las lenguas del agua golpeaban contra los sillares del edificio.

Tumbado boca arriba, contemplando los destellos que emitía la lámpara del techo al reflejar la suave ondulación del canal, pensé que todo aquello que estaba pasando tenía el inocultable aroma del final. Al día siguiente cogeríamos un avión de vuelta y terminaría para siempre lo que alguna vez
yo había llegado a creer imperecedero. Tenía su gracia que hubiera tenido que venir a darme cuenta de esto a una ciudad que, siendo tan hermosa, estaba a punto de ser tragada por las aguas igual que mi matrimonio.

Allí acostado junto a Helga no podía hacer otra cosa que evocar, salvar con
mi memoria lo que pudiera de ese naufragio y lamentarme por último. Recordé entonces que yo había estado ya el invierno pasado en Venecia como miembro de una delegación de la cámara de comercio de mi ciudad. Habíamos venido a Italia a abrir nuevos mercados acompañados de políticos locales y de algún periodista de la prensa regional que nos acompañaba allí donde íbamos. Para mí aquel viaje fue una verdadera tortura porque lo hice convencido de que sufría una enfermedad terminal. Mi hipocondría me juega a veces esas malas pasadas, de manera que en un viaje que debería haber sido gozoso se convirtió en una pesadilla. Una de las tardes en que teníamos que asistir a un acto oficial con empresarios
y políticos también de otros países, decidí que no aguantaba más y me escapé a vagabundear por la ciudad bajo el sombrío presentimiento de una extinción cierta y cercana. La luz mortecina de la ciudad reflejada en el agua turbia de los canales no ayudaba a disipar esos lamentables
presagios. Dominado por este temor, ni siquiera mis problemas conyugales me parecían importantes. Caminé durante muchos minutos presintiendo que la
maquinaria que había movido mi entusiasmo y mi dicha en el pasado estaba averiada para siempre y que tal vez ese siempre no era mucho tiempo. Jugué con la idea enloquecida de que a lo mejor el destino me había traído hasta aquí para darme una muerte literaria y hermosa, junto al agua, la belleza y la
podredumbre. Pero yo no quería morir aún. Al fin, cansado y perdido como todo el mundo en Venecia, encontré una pequeña iglesia en una plaza no lejos del Puente de Rialto y entré. No hay en esa ciudad muchos sitios donde uno pueda refugiarse de la humedad de los canales salvolas iglesias y esa no era peor que las demás.

Desde el interior de aquel templo no se escuchaba absolutamente nada del tráfico insistente de pisadas de los miles de turistas que culebreaban por sus callejones junto al agua. Me senté en un banco. Dentro de la iglesia también hacía frío, pero al menos no corría el soplo húmedo de la laguna. Sobre el altar mayor pendía un Cristo estilizado, distante pese al esforzado patetismo de su postura, que conseguía sin embargo traducir bien la aritmética del único Dios. Recé.

No se a quién. No me había preocupado de saber a quién estaba consagrada aquella iglesia, así que dirigí mis súplicas al ser abstracto que parecía flotar en el aire enmohecido de la nave. Le pedí que todo volviera a ser como antes y que me dejara vivir un poco más. Siempre que hacía estas cosas me sentía humillado e injusto, pero no me parecía posible hacer algo diferente en aquel momento. De pronto percibí a mi izquierda un revuelo de figuras que entraban y salían de una capillita junto a la puerta principal y que no había visto al entrar. Llevado por una curiosidad lánguida, me dirigí hacia allí en el instante en que una mujer salía persignándose y con semblante compungido y decidido a la vez.

Era una mujer de rasgos amerindios, extranjera sin duda pero no turista, cetrina, pequeña y con el pelo negrísimo. La vi apenas de perfil dirigiéndose a la puerta y, cuando desapareció tras el portón de salida, me asomé a la capilla. En aquel momento estaba vacía. Había allí un modesto altar con una virgen que no debía medir más de metro y medio. Era una figura de arcilla o de escayola o de madera policromada.

Llevaba una túnica azul celeste y miraba sutilmente hacia arriba con las manos juntas en postura de oración. A sus pies había un atril con algunas velas encendidas cuya luz hacía temblar las sombras que proyectaban contra la pared los pliegues de su ropaje y las partes que sobresalían de su
rostro sonrosado y brillante. Junto al luminario había otro atril con un libro abierto.Me asomé a él y leí lo que allí había escrito.

Eran rogatorias anotadas a mano en todos los idiomas posibles, aunque prevalecía como es natural el italiano. No lo dudé. Mirando de reojo a la Virgen y susurrando entre dientes un avemaría que no rezaba desde niño, escribí allí mi petición en un italiano tosco aprendido en los negocios.

No sé por qué pero me pareció más adecuado hacerlo en este idioma, un idioma que huele a incienso, ti prego io possa vivere per molto tempo e ritornare ancora da te…

Luego encendí una vela, dejé unas monedas en el cepillo y me santigüé con unas gotas de agua bendita antes de abandonar la iglesia. La gota que deposité en mi frente estaba tan fría que me quemaba la piel y al abrir el portón para salir a la calle, una ráfaga de aire húmedo penetró hasta la capilla cercana a la puerta haciendo cabecear la llama de las velas a los pies de la Virgen.

El agua del Gran Canal, al que se asomaba la sombra de esa iglesia, se había oscurecido y se podían ver en ella los reflejos tenues y sofocados de las farolas bailando en susuperficie aceitosa. Me sentí avisado, protegido.

Lleno de esperanza también en lo que concernía a mi frágil matrimonio. Cuando el avión en que abandoné Venecia sobrevolaba el puente de la Libertad dejando a la izquierda la ciudad, ésta parecía hundirse en el mar pidiendo socorro. Yo estaba seguro de que iba a volver a ungir mi frente con el agua bendita de aquella iglesia: esa aspiración y esa gratitud imprecisa constituían en fin los principales motivos de mi retorno, aunque, como comerciante que era, no había descartado la oportunidad de otros beneficios, en los que estaba incluida la recuperación del amor de Helga.

Ahora, sentado en la arena del Lido, pensaba que mi mujer tampoco había acudido a este viaje con la inocua intención de hacerturismo. Descartada por su parte la posibilidad de que nuestro matrimonio resistiera otro invierno, había depositado su esperanza en que el agua hedionda de la laguna veneciana propiciara al menos una maternidad largamente pospuesta que a su vez mitigara la sensación de que todos estos años junto a mí habían sido baldíos. Yo creo que en esta idea no estaba encerrada la satisfacción que debería haberme correspondido por mi aportación, sino que era tan solo la expresión de su propio orgullo y la supervivencia de un sentido práctico de la vida que siempre la había acompañadocomo una vocecilla interior que no descansaba.

En aquella playa semidesierta y barrida por una fría brisa otoñal, representábamos la perfecta imagen de los fragmentos
de un todo que se ha quebrado. Sin embargo, la certeza de que aquellos eran los últimos actos de un melodrama que ya duraba demasiado aliviaba el recuerdo de la crudeza del día anterior en el Danieli y de otros días parecidos a ese. Helga continuaba paseando por el borde de la playa agachándose de vez en cuando para recoger una caracola o una piedra lavada por la marea. Se iba alejando de donde yo estaba en dirección a una pared de bruma que se había ido alzando poco a poco desde el mar. La niebla había depositado en mi cabeza unas perlas de humedad que se desprendíande la punta de mis cabellos y rodaban por mi rostro. Levanté una mano y aplasté una gota contra mi frente. Me persigné. Pedí perdón. Frente a mí el mar estaba ahora tan calmado que daba miedo. Pensé que también se podía naufragar en tierra firme. Miré al fin hacia donde estaba Helga. Su figura delgada se introducía poco a poco dentro del banco poroso de la bruma.

La vi borrarse portando en su interior el testigo de un sueño roto.

FIN

 

 

 

 

 

Escudos