Certamen-2005

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Segundo Premio de Relato 2005

El aguador de Auschwitz

Manuel Raro Marín

Caía la noche y tres hombres sobrevivíamos tocando música en el barracón de oficiales. Por eso nos dejaron con vida, por hacer que esa horrible música que cada noche mortificaba el interior de nuestros instrumentos, sonora pomposa, exaltada y triunfal.
Voy a se breve, breve y conciso relatando un culto sobrehumano y visceral al agua. A un cacito de agua, a un agua limpia y cristalina, tocada de sabor, querida y tranquila.
Quien les relata fue músico de Auschwitz. Los músicos somos esas rarezas que no necesitamos decir de donde somos, donde hemos nacido y esas cosas que tanto importaban allí. La mayoría nos limitamos a ser y con eso suficiente.
No hay nada más valioso en lo material, que un instrumento para un músico. Nosotros, al ser apresados y sacados a patadas de nuestras casas hicimos el error de coger las maletas de nuestros instrumentos y así nos delatamos a nosotros mismos. Pues no había día que no deseáramos que los instrumentos se partieran en dos como un árbol cuando le cae un rayo, y ganarnos de una vez por todas nuestra ya merecida muerte. Pero hubo algo que nos salvó la vida.

Yo tocaba el oboe, mi compañero Piotr era fagotista y Josef tocaba el clarinete. Nuestros instrumentos necesitan de agua para humedecer una pequeña caña que al ponerse en vibración a través de la boquilla produce el sonido; y allí en nuestro escenario, apartada y para nuestras boquillas siempre alguien dejaba tres vasitos y una botella de agua, un agua inaccesible para los demás, transparente y armónica, sensual y suave.
Dejábamos bañar nuestras boquillas y las saboreábamos, enjuagadas en tal dulce manjar una y otra vez. Y sin querer, o mejor dicho queriendo, nos imaginábamos a nosotros mismos sumergidos en ríos y ríos caudalosos de aquella misma agua, dejándola entrar en la boca sin esfuerzo, sin medir ni pensar.

En Auschwitz, teníamos sed, mucha sed. Los inviernos estaban sepultados por la nieve pero no era bueno comerla directamente y los veranos no probábamos apenas el agua limpia. La comida, cuando era; era muy salada, abarrotada de especies y sabores fuertes indigeribles sin agua. Antón, un carnicero de nuestro barracón, nos decía que era así para disimular su podredumbre, y eso servía de carcajada general al pensar que, cuan delicado era nuestro “chef” de cocina al tomarse la delicadeza de no dárnosla directamente en estado de descomposición.

Así pues se fue formando en mí ese culto idolatrado al agua, esa agua que esperaba cada noche para nuestra desesperación y para nuestra esperanza.

Había por allí un español, me acordaré siempre, Venancio, un gran hombre. El decía con ese humor tan sincero que tienen las gentes de España, que estaba allí por error. Cada día me pedía entre gestos, palabras y guiños, que le enseñara a tocar alguno de nuestros instrumentos, y alguna vez se lamentaba de no haber traído una guitarra de su tierra para tocar con nosotros.

Piotr, el fagotista, bromeaba diciéndole que para tocar la guitarra no hacía falta humedecer la boquilla en agua, pues con pulsar las cuerdas basta, así que para él no habría un cuarto vaso con agua.
En fin, nuestro querido Venancio se había enamorado de nuestra agua. Josef, quiso un día llevarle a Venancio sus deseos a su camastro. Se le ocurrió esconder bajo la casaca un cazo viejo que guardaba y al acabar de tocar llenarle un cacito de agua para, escondida, regalarle su fresco sabor. Y así sucedió. Pero no solamente un día, sino un día y otro y otro.
Poco a poco fuimos transportando agua cacito a cacito a las gentes de nuestro barracón. Al principio todos esperaban despiertos a que llegáramos los tres con sendas raciones de agua fresca y limpia, pero poco a poco ya se hicieron unos turnos y así no nos esperaban despiertos los que esa noche no les tocaba dormir salpicados por las lágrimas de la ninfa. Venancio era el que controlaba la lista, era él el que nos regañaba si algún cacito venía a medio llenar o si se nos derramaba el agua y se salía a menos aparte. Él mismo se cambió el nombre, por otro más acorde a su nueva actividad profesional, pasó a llamarse”aguador”, que según nos relató era el sobrenombre que daban la gente de su tierra a la persona que en Semana Santa, repartía de una tinaja agua a los hombres encargados de llevar los pasos.
El aguador que cada noche al vernos partir para nuestro particular concierto entonaba el mismo grito de guerra. Algo así como: ¡¡traeros esta noche la botella entera!!
Tanto él como nosotros sabíamos la imposibilidad de aquello; tan imposible como salir con vida de allí, pero tan posible como seguir viviendo.

El 27 de Enero de 1945, Josef Snanski, clarinetista, llevó al barracón 217 de Auschwitz-Birkenau una botella llena de la diosa que durante más de dos años había sido venerada allí dentro noche a noche, trago a trago y deseo a deseo.

El 27 de Enero, al llegar los músicos al barracón de oficiales, lo encontraron vacío, desordenado, botellas rotas por el suelo, mesas amontonadas y papeles y libros todavía a medio quemar. Sin rastro de exultantes declaraciones alcohólicas, aquella noche todo era silencio.

En la esquina de siempre, porque esa sigue siendo nuestra esquina, estaba aquella botella de agua con sus tres vasitos. Esa noche no mojamos nuestras boquillas en agua, las humedecimos en nuestra propia saliva, pues queríamos llevarnos intacta a nuestra “virgen salvadora”.

En Auschwitz-Birkenau, Polonia, aquella noche, una botella cristalina de agua limpia, y la música de Chopin anunciaron que la guerra había terminado.

(Los personajes y hechos que se relatan en esta historia son ficticios, es verídico que habían músicos en el campo de concentración de Auschwitz, y que tocaron juntos. Que las mujeres, hombres y niños que allí se encontraban se acogían a cualquier pequeño estímulo que les permitiera no perder la esperanza y seguir con vida.
El 27 de Enero de 1945 fue liberado el campo y el 8 de Mayo capituló Alemania).

FIN

 

 

 

 

 

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