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Segundo Premio de Relato 2008-2009

El niño "agüero"

Pilar Fernández Pavo

“Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas”.
(Garcilaso de la Vega)

Corrían los años sesenta y en el Sur de España no había mucha agua. Las casas se resquebrajaban por falta de esa red sanguínea, de venas acuosas que acercaran la esencia de los ríos a baños domésticos, a fregaderos, a lavabos y barreños, sin necesidad de acudir a una ribera, máxime cuando no la hay, como era el caso. Los pudientes paliaban la carencia con el esfuerzo de sus sirvientes, convertidos en acarreadores de agua que llenaban sus barreños, saciaban sus lavabos, enjuagaban en sus fregaderos y regaban sus bañeras. Los humildes, alejados del agua, vivían su natural suciedad, admitiendo la roña como parte de la herencia de sus mayores, ajenos a la dulzura del agua en la piel y felices de olvidar la necesidad de aseo.

Cuando nació Eugenio, su madre lo auguró: “Será el niño del agua”. Palabras mágicas, porque Eugenio había sido engendrado justo después de un arduo trabajo de albañilería, por parte de su padre, en casa de don Pedro Hiniesta, señorito de pro que, tras varios intentos fallidos, no había desistido hasta encontrar la ocasión de engendrar el varón que su estirpe necesitaba y requería para depositar en él sus apellidos y convertirlo en el custodio de su honor. Tal empresa no era tan deseada por su esposa, doña Irene de Castro que, ante la insistencia de su esposo y el designio divino de cumplir con su débito marital, halló la respuesta oportuna: “No pienso tener más hijos, a menos que hagas que el agua suba al piso de arriba y pueda lavar los pañales en la lavadora”. Don Pedro hizo cálculos y contrató los servicios de Manuel, que no precisaba excusas para hacer uso y abuso res pudendae en su mujer, Ana. Con el dinero que ganó Manuel, pudo Ana afrontar la venida de un quinto hijo a una casa donde, aparte de no correr el dinero, no corría el agua, bien por falta de hábitos higiénicos, bien por falta de las instalaciones necesarias para que se produjera el milagro, que le allanó el camino a don Pedro hacia la alcoba matrimonial y hacia la entrepierna de su cónyuge que, una vez comprobado el flujo acuático, no tuvo inconveniente en consentirse preñar por su pacientísimo esposo. Así fue como se cruzaron las dos preñeces, o más bien la génesis de Eugenio, hijo de Manuel y Ana, y de Ignacio, hijo de don Pedro, prócer de la ciudad, y doña Irene, devotísima hija de María, camarera de la Virgen de la Paz, ilustre miembro de La Acción Católica y, sin duda, una de las más aseadas e higiénicas pobladoras del lugar.

Eugenio, el bien nacido, trajo a su casa el agua, pues su padre, a imitación de don Pedro, instaló un pequeño depósito de agua sobre un soporte en el patio trasero de su casa, justo en la pared que lindaba con la cocina. La altura facilitaría su conducción hacia el primer, y por mucho tiempo único, grifo que inauguró la llegada del agua a la cocina familiar. Por esa casa también correría el agua.

“Es de juguete
el agua y tú, amor mío, me la muestras
como una madre a un niño su sonrisa…”
(Juan Ramón Jiménez)

Madre e hijo, Ana y Eugenio, se aliaron en la tarea de transportar agua al depósito que había colocado Manuel, pues éste había olvidado un dato esencial y costoso: el motor. Desconocía Manuel que don Pedro había provisto su obra con un motor que propulsaba el agua del aljibe del patio al depósito de la azotea, para abastecer de agua corriente al piso superior del feudo de doña Irene. Manuel sustituyó el artefacto tecnológico por el procedimiento más ancestral y rudimentario que conocía: el acarreo. Para ello contaba con la industriosa ayuda de su prole que, al principio, actuó como cadena humana obligada en el llenado del depósito, hasta descubrir que aquello se podía convertir en un delicioso juego, que aplacaba el calor del verano durante las mañanas de trasiego.

Creció Eugenio, compartiendo su crianza, en brazos de su madre, con la extracción de agua del pozo y el posterior traspaso al depósito. Cuando empezó a gatear, destreza que, por cierto, desempeñó de forma tardía y dificultosa, sus primeros juegos surgieron con las gotas de agua que se escapaban de los cubos acarreados. Aquella ficticia lluvia, tan gratificante en el verano andaluz, le provocaba a Eugenio fantasías múltiples. Al abrir la puerta Ana, Eugenio aparecía gateando entre sus piernas, en busca de aquellas pequeñas gotas que le proporcionarían alegría a su rastreo. Ana advirtió la atracción que el agua ejercía sobre su hijo y volvió a ser prodigiosa al concluir: “Este niño será aguador”. Ya que con el dinero del agua había nacido, qué mejor oficio que transportar agua por un pueblo seco, como era el suyo.

Existen textos que confirman el arraigo de la costumbre, entre las madres sevillanas del siglo XVI, de delegar la educación de sus infantes en manos sabias (de santones y pedigüeños) que formaran a esos futuros hombres y aliviaran de la carga alimenticia a tan amorosas madres. Ana, siguiendo la tradición, decidió encauzar la vida laboral de Eugenio, colocando a su hijo en las manos de Pichapalo, sobrenombre que soportaba –vaya usted a saber por qué- el discreto aguador de aquella población. Hombre alto y enjuto, acompañado siempre de un, en extremo delgado, galgo corredor. Si no fuera por el hecho de ir sentado en el pescante de la pipa de agua y no llevar rocín, sino burro, cualquiera lo hubiera comparado, en el contraluz del atardecer con la figura de don Quijote. Hubiera sido posible si la ignorancia no fuera pareja a la sequía que sufría aquel desdichado pueblo.

Abandonó apresuradamente la escuela Eugenio, a instancias de su madre. Este hecho no resultó ni ilógico, ni ilegal, pues aún los gobernantes no habían descubierto la rentabilidad que proporciona, para su reelección, proteger y velar por los derechos de los adolescentes humildes. Aquel abandono le procuró felicidad a Eugenio, por el cambio de una rutina seca a otra mojada que resecaría su sesera, aunque humedecería sus actividades con el objeto que comerciaba y la sabrosa conversación de quien no le hablaba a menos que fuese necesario, según era costumbre en el inexistente sindicato de los aguadores, hombres parcos en palabras y necesidades, que recorrían la ciudad con parsimonia, vendiendo el agua que la población requería para vivir.

“Agua te lo suplico.[…]
No faltes a mis labios en el postrer momento”.
(Jorge Luis Borges)

Comenzaba Eugenio su labor aguadora muy temprano, casi al alba. Acompañaba a Pichapalo a la Fuente de los Siete Caños para llenar la pipa e iniciar el trasiego diario por las calles de la ciudad, con todo el cortejo, aguador sentado en la pipa, niño aguadorcillo pregonando la venta y perro escuálido tras ellos. El aprendiz adquirió, en esos días, un conocimiento del pueblo que nunca hubiera imaginado. Calles desiertas y resecas despertaban en su deambular, con la sola aparición de tan especial cofradía, llenándose en la mañana de niños juguetones, que correteaban tras ellos, gritando y mofándose del aguador. Estoico él, a nadie contestaba y sólo se detenía, si solicitaban sus servicios. Tenía una singular clasificación de su clientela, fija u ocasional, según el estado del recipiente (cubo, bidón, balde, barreño, lebrillo, botijo, búcaro…) y la limpieza que denotara. “Detrás de un hermoso cubo de zinc con brillo y lustre, siempre hay una mujer guapa”. “No mires las piernas de las mujeres, si su balde está roto. Seguro que tienen más pelos que las piernas del zapatero”. “No te fíes de aquella muchacha que presente un búcaro desportillado. ¡Mala cosa! ¡Bigote tendrá la boca que en él beba!”. “¡Tan sólo las hermosas cuidan la boca del botijo con un cubreboca de crochet!,como cuidan de su honor”. Con estas frases u otras similares pretendía transmitir a su discípulo la esencial ciencia del aguador, licenciado por años de trasiego y profesional dedicación al abastecimiento de agua saludable (hoy diríamos potable) a las cocinas humildes, los botijos y tinajas de aquella población. Si la mañana se daba bien (cosa frecuente en aquellos años de sequía), Pichapalo terminaba en cualquier taberna, no porque amase la bebida, ni tuviera especial afición al vino, sino por honrar la memoria de Quevedo, a quien desconocía, pero al que realizaba un no flaco favor: demostrar la verosimilitud de su prosa. Pues al vino que ingería le añadía el tabernero agua que nunca bebió. Ahíto de alcohol, volvía a su casa, para a la mañana siguiente continuar con su trabajo. Eugenio sólo lo acompañaba a la puerta de la taberna, no por desgana o falta costumbre, sino por miedo a la paliza que su amantísima madre podría propinarle, o por la sorpresa que ocasionaría a su padre Manuel, que también era cliente de tan exquisitas enotecas de bebida aguada o agua coloreada de vino. Desconocía el hijo de Manuel dónde vivía Pichapalo y nunca le preguntó porque, al igual que la mayoría de los convecinos, presuponía que los aguadores, estirpe de origen acuática, morarían en una cueva aledaña a la Fuente de los Siete Caños, donde en las noches procesionarían, en rogativa, para ahuyentar la lluvia y afianzar sus ganancias. De mayor, siguió creyendo aquella patraña infantil, no por desconocimiento de la realidad, sino por un apego a la leyenda, alimento esencial de la literatura, que aleja del ser humano el prosaísmo de su mezquindad.

Terminó la sequía y con ello la edad dorada de nuestro incipiente aguador. Ni los ritos de los aguadores, ni las plegarias de los feligreses de las tres parroquias del pueblo fueron los causantes de la lluvia. Sólo el carácter cíclico, que algunos científicos han atribuido a la atmósfera, pudo acabar con la sequía. Después, los ministros tecnócratas quisieron arrogarse el mérito, colocando ingeniosas invenciones en tan desérticas tierras. Los ediles del pueblo demostraron su valía al promover la construcción, a imitación del General de la Patria, de un pantano que proveería de agua al pueblo. Hubo una gran celebración que congregó a lo más florido de la clase política, en aquel recóndito lugar, no por un sentimiento de sincera alegría por las mejoras que ello conllevaba para el pueblo, sino por un afán de protagonismo. Comieron los pudientes y toda esa cohorte de autóctonos, profesionales del peloteo, que se contentan con las migajas de los grandes, aunque pierdan su dignidad, soportando el desprecio, o sintiéndose ignorados. El pueblo se conformó con ver pasar la comitiva y guardar esos recuerdos para relatarlos a sus nietos en las noches de invierno. Todos, excepto Eugenio, que aprovechó la distracción general para acudir a la cita que tenía con aquella inmensa mole de agua, de la que le habían hablado en la puerta de las tabernas, en los corrillos de mujeres, que esperaban llenar su cubo, o simplemente en las escuetas conversaciones familiares de sobremesa. Nunca pensó encontrar tanta cantidad de agua junta. Su mente, huérfana temprana de maestros que le adiestraran en la aritmética, solía calcular con sus manos, pero en aquella situación no abarcaban el número de gotas acumuladas en aquel terreno. Habría millones, billones de gotas en el pantano; es más se podría llenar la pipa de Pichapalo tantas veces como lo deseasen; pero las palabras y la operación matemática no acudían a su cabeza. Así que resolvió el problema con un resolutivo: “¡Qué montón de agua!”.

Con una simultaneidad impresionante, lo pensó y se lanzó al agua, vestido, impelido por ese deseo de habitar en un mundo dominado por el óxido de dihidrógeno, un compuesto que no tiene sabor ni olor y que es tan variable en sus propiedades que, resulta benigno, pero que hay veces que mata con gran rapidez. No sólo la composición del agua y sus propiedades, sino multitud de más cosas había perdido Eugenio la posibilidad de aprender, al abandonar la escuela, empujado por el hado y los intereses maternos. Como también olvidó un pequeño, casi insignificante, detalle: no sabía nadar.

“El agua, esa espalda de ternura”.
(Juan Ramón Jiménez)

Quiso el destino ayudar a nuestro protagonista, porque los dioses ejecutan sus designios a espaldas de los humanos, o porque Ignacio era un buen tarambana y se encontraba allí, durmiendo la borrachera de la noche anterior, sin recordar siquiera quién lo acompañaba, o a quién había acompañado. Sin pensarlo al oír los gritos de Eugenio, con esa valentía que proporciona el alcohol y la que le otorgaba el carácter epónimo de su nombre, se lanzó a salvarlo.

Sin embargo, comprobó, una vez en el agua, que no eran gritos de auxilio, sino de alegría, pues Eugenio disfrutaba al comprobar que flotaba y dominaba aquel misterioso y atrayente líquido que era el agua para él. El fenómeno tenía su explicación, pero ni era el momento, ni el lugar para que Ignacio se entretuviera en derrochar saberes sobre las moléculas, que componen el agua, y su promiscuidad rijosa para romper la cadena. Pero recordó Ignacio la propiedad congelante y Eugenio, el bien nacido, sólo comprendió la necesidad que el ser humano tiene de este líquido, en potencia asesino. Bajo el agua creyó ver miles de gotas presurosas salpicando toda su infancia y adquiriendo la sobrenatural fuerza heredada de su madre, prorrumpió con aquella frase, registrada en los anales de la ciudad por el cronista: “De mayor, quiero ser agüero”.

El artífice de esta metamorfosis léxica, evolución de aguadorcillo a agüero y posterior adscripción de nuevo significado al término, fue la empresa, sociedad anónima para más señas, en la que trabajaba Ignacio. Los dueños de la misma, venidos del lluvioso norte español, añoraban la ancestral dedicación al agua de su pueblo y la consiguiente veneración que por los trabajos acuáticos se practicaba en su región. Se quedaron atónitos ante el relato de Ignacio. La natural convivencia de Eugenio y el agua sólo era comparable con hechos mitológicos, ninfáticos, si nos atenemos a las églogas de Garcilaso. Le ofrecieron el puesto de “inspector de subsuelos pantanosos”, agüero para más señas, con la obligación de sumergirse diariamente para comprobar la cantidad de lodo acumulada y demostrar con su vitalidad la salubridad de las aguas. Su madre, feliz por la salvación de su hijo y el vínculo que, de nuevo, se apreciaba entre Ignacio, hijo de señoritos, y su hijo Eugenio, recuperó el usurpado papel de pitonisa al decir: “Mi hijo será el primer agüero de la empresa”. No le unió adjetivación alguna, pues desconocía la lexicalización “mal agüero”. De haberla conocido, hubiera optado por “buen agüero”. Ocupó Eugenio un puesto que todos habrían desdeñado, pues en el pueblo todos lo entendían como nadar entre lodo y porque desconocían la dignidad de las ninfas que habitan tan acuáticas moradas, capaces de fabricar tapices para los dioses.

Eugenio, el bien nacido, el primer agüero del lugar, ocupó la plaza de limpiadores de pantanos en fecha próxima a la década de los ochenta –según nos han atestiguado los antiguos pobladores-, pero desconocemos si halló ninfa o humana con la que compartir su vida y sus experiencias acuáticas-ingenieriles, ya que los altos dignatarios del General eligieron a su pueblo para sede de otro pantano superior. Tampoco hay noticias de Pichapalo, ni del resto de los aguadores que poblaron los pueblos andaluces, ni de su reconversión laboral, si la hubo. Allí fluyen hoy las aguas, empantanando recuerdos, enlodando historias, anegando archivos, crónicas y anales, pero confirmando, con su presencia, que aquel bien nacido niño trajo las aguas al pueblo.

***

Especial agradecimiento a los poetas que inspiran y regalan palabras, como Garcilaso de la Vega, Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y José Agustín Goytisolo. Gracias también a los científicos que nos ayudan a interpretar la realidad como Bill Bryson.

 

 

 

 

 

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