certamen-2010

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Segundo Premio de Relato 2010

Aguas abajo

Manuel Arriazu Sada

Martín, el empleado que atendía la recepción del hostal, se asomó por un instante a la noche a través de la puerta de entrada. Más tarde confesaría haberse sorprendido por el intenso negror que lo envolvía todo, que daba la impresión, eso dijo, de que el alumbrado público hubiera sufrido algún tipo de avería, pero no, no era eso, que estaba seguro de que las farolas alumbraban, como siempre, y a pesar de ello el aire se le antojó oscuro como nunca. Sintió también la presencia de una humedad extraña, como de río, pero no era posible, ni siquiera podía decir que hubiera niebla. Sólo negror y silencio. Un silencio embebido en la misma humedad de aquélla atmósfera que le hizo sentir escalofríos a pesar de que la temperatura había sido agradable durante todo el día. Cerró la puerta y regresó al mostrador. Notó que la misma humedad, el mismo silencio, había inundado por completo el vestíbulo del hostal. El mismo olor. Porque aunque nada dijo a nadie, confesaría después que también el aire olía de otro modo, un olor frío y viscoso, como de pescadería. Tampoco supo explicar por qué. Así lo describió, sin que nadie de los que lo escuchaban lograra interpretar lo que quiso decir. A veces subía la niebla desde el pantano y lo envolvía todo, pero era otra humedad, otro silencio exento del olor fétido de los fangos que en aquel momento lo envolvían todo. Confesó Martín haberse sentido sobrecogido por la certidumbre de que algo andaba pasando. Un algo inconcreto pero que él percibía amenazador y próximo y que se cernía sobre el pueblo entero. Volvió a echar un ojo a través de la ventana, pero no logró percibir sino el estupor de su propio rostro en el cristal. Y el negror, y el silencio, y aquel olor que persistía sin razón aparente. Se puso a hojear nerviosamente una revista cualquiera de las que andaban por allí y la voz de Angustias le sobresaltó.

— El de la ciento tres se va mañana.

Angustias notó el respingo alarmado de Martín. A veces Angustias aparecía así, de improviso, que daba la impresión de que lo suyo no era andar sino deslizarse sobre el suelo con una suavidad fuera de lo común, con pasos lubricados por un extraño aceite como de fango adherido a las piedras del fondo de un río. Angustias se movía como remando en el aire, flotando sin rozar apenas el suelo enladrillado.

— Me has dado un susto de muerte. A ver si no sabes decir que andas ahí, mujer.

— Lo siento.

Angustias siempre lo sentía. A Angustias la sacaron aguas abajo, en el propio pantano, lejos todavía de la presa, iba ya para dos años, y nadie supo nunca acerca de su verdadera identidad, tampoco de su procedencia. La sacó a la orilla un muchacho pelirrojo al que todos llaman Manel, una tarde de tormenta, y aún no se explica nadie, ni siquiera él mismo, cómo fue capaz de hacerlo sin ayuda. Consiguió que Angustias volviera en sí tras zarandearla y aplicarse durante unos minutos a lo que todos entendieron como un intento poco académico de respiración artificial. Y, a pesar de las bromas, Manel, el pelirrojo, que sintió desde entonces el influjo de la belleza extraña de la muchacha que acababa de salvar de una muerte cierta, ahogada en el pantano, nunca se atrevió a dirigirse a ella. Si acaso se cruzaba con Angustias en la calle y ella le sonreía, se limitaba a devolverle una mueca forzada que nadie podría interpretar como sonrisa, salvo la propia Angustias. Porque Manel, aunque nunca lo hubiera dicho a nadie, no lograría olvidar jamás el tacto viscoso de aquellos labios, como de pez, que besó durante largo rato sin conseguir que desapareciera de ellos la sensación de frío, un frío de muerte del que logró por fin conjurar. Angustias abrió los ojos para sonreír. Nunca supo cómo darle las gracias, nunca halló el modo ni el momento. Manel nunca quiso hablar sobre el rumor que daba por cierto que fue él quien la libró del anzuelo que hería su boca y que todavía guardaba como un tesoro. Tonterías, se limitaba a decir.

— A qué sabe, Manel. A qué sabe Angustias.

Eso le preguntaban los demás muchachos, porque sabían que Manel la besó para traerla a la vida y la belleza turbadora de la muchacha ejercía sobre ellos una atracción diferente, tanto que les hacía mantenerse a una distancia prudencial, como si comprendieran que Angustias no podría nunca calmar su sed. Todos daban por supuesto que estaba allí de paso. Sin razón alguna, pero lo pensaban. “Algún día, alguien vendrá y se llevará a Angustias, aguas abajo, al lugar de donde vino”. Eso pensaban. Sin embargo, ni aguas abajo ni aguas arriba, echaron nunca en falta a una muchacha de mirada triste y andar silencioso. Martín la miraba también con prevención, como sin comprender la naturaleza de su modo de ser. Aunque le gustaba. Recordaba el día en que, como si nada, se sumó a la realidad cotidiana del hostal. Mira, Martín, le dijeron, esta es Angustias. Nadie recordaba ya quién decidió bautizarla así. Él le explicó qué se esperaba de ella, tal y como se le ordenó, y desde entonces hacía su trabajo con una dedicación callada, impropia de sus años, sin protestar por nada, sin quejarse por las jornadas interminables, por la desconfianza de los clientes que, a veces, descubrían en ella un algo premonitorio de nada bueno que les hacía rehuir su presencia amable y solícita.

—Esa chica, hay algo en su mirada que asusta.

Algo imposible de concretar. Porque muchos decían ya por ahí, sin fundamento alguno, que Angustias tenía algo de la habilidad escurridiza de un pez, que no dejaba entrever en modo alguno sus más íntimos sentimientos. Nadie conocía qué esperanzas sostenían su vida. Porque algo tenía que haber, algo en lo que sustentar su vida anodina, sin matices. Algo espera, escuchó que decían de ella en una ocasión, algo espera. Todos esperamos algo. Ella también. Pero nadie sabía qué. Ni siquiera si era cierto que esperaba algo de esta vida, algo más que aquel pasar sin pena ni gloria. Pero todos acababan por pensar que llegaría el día en que Angustias ya no estaría allí. Un convencimiento que tenía su fundamento en el barrunto que nace donde muere la razón.

— Si se marcha mañana –decidió Martín-, encárgate de la habitación. Ya sabes. En cuanto la desocupe.

Angustias asintió. Martín la vio marchar con la sensación inoportuna de que sólo ella parecía hallarse cómoda en aquella noche que se anunciaba larga, larga y silenciosa. Igual que sus pasos. Martín no quiso pensar más. Sabía que Angustias, cumplida su jornada, se retiraba a su habitación, en el ático. Continuó pasando las hojas lustrosas y abigarradas de la revista, sin conseguir quitarse de la cabeza el presentimiento oscuro que lo ocupaba. Volvió a asomarse al exterior, a través de la ventana para comprobar que llovía con una paz pasmosa, un agua cernida que, como un cendal, caía sobre el pueblo. Tal vez sólo fuera eso. A veces la lluvia se anunciaba de modo poco común.

Había quien aseguraba que desde que la presa se tragó el pueblo viejo era una lluvia distinta. Afortunadamente, las leyendas acerca del rumor de campanas que podían escucharse en mitad de las tormentas, procedentes de la espadaña de la iglesia sumergida, hacía tiempo que no se escuchaban, quizás porque nadie estaba dispuesto ya a prestarles crédito alguno.

Martín levantó levemente su cabeza, al otro lado del mostrador de recepción cuando le vio entrar. Venía solo. No llevaba equipaje y hubiera jurado que el agua que chorreaba de su cabeza fue la causa de que el olor aquel adquiriera de pronto una intensidad inusitada. Un olor de limo. Se acercó hacia él despacio, con una lentitud que se le antojó ya conocida. Le saludó, buenas noches, y él respondió al saludo del mismo modo.

Deseaba tomar una habitación, su coche se había estropeado justo a la entrada del pueblo y estaba lloviendo. Martín sonrió, eso se notaba, que iba como una sopa. Sí. A Martín le sorprendió aquella mirada blanca, de ojos saltones. También su sonrisa carnosa. Y aquel color pálido de su piel en la que en algún momento creyó distinguir irisaciones verdosas, cosa que atribuyó a la escasa luz. Sin embargo, al verle firmar en el libro, estaba casi seguro de que su piel era distinta, como de minúsculas láminas imbricadas. La mirada del cliente recién llegado sorprendió la suya, clavada de modo impertinente en él. Martín se limitó a sonreír, si lo deseaba podía avisar a Germán, el del taller, aunque a aquellas horas y con la que caía no parecía lógico que nadie se tomara la molestia. Que lo dejara estar, eso le respondió, cuando amaneciera ya vería él. Martín dice recordar que le entregó la llave de la habitación y que le vio tomar la escalera, que, además se percató del rastro de huellas húmedas que iba dejando por el camino y que se recriminó no haber sido previsor, que hubiera bastado con ofrecerle un felpudo y evitar todo aquel trabajo. Tomó la fregona del interior del trastero. Se puso a la tarea. Mejor antes de que secara. No iba a ser fácil, lo comprendió enseguida, porque el barrillo se adhería a la superficie enladrillada con una terquedad desusada. Se limitó a intentarlo, quitando lo grueso, a sabiendas de que el trabajo quedaría para Angustias. Y fue entonces cuando le vio regresar. Se había aseado y dice Martín que a pesar de ello, que era cierto que ya no andaba empapado, no logró evitar el pensamiento de que la humedad de sus ropas era más profunda, que nada tenía que ver con la lluvia.

Es temprano, dice que le dijo, si se podía quedar un rato allí, con él. Martín nunca puso reparo alguno a la compañía. Tampoco ahora lo hizo, no le pareció oportuno a pesar de que su ánimo no fuera el más propicio para la conversación con un desconocido. El turno de noche suele agradecer la presencia insomne de un cliente, su conversación, no sería la primera vez. Solo que en esta ocasión hubiera preferido su soledad. Se sentó en el sofá del rincón, viéndole hacer, y calló durante un buen rato.

— Me preguntó por ella. Si la conocía.

Al principio, Martín reconoce que no cayó en la cuenta acerca de quién se le hablaba. Le explicó que iba en busca de su prima. Se llamaba Isabel. La descripción que de ella hizo fue la que le fue llevando, como por una vereda, hasta la convicción de que era a ella a quien buscaba, a Angustias. Él la llamaba Isabel pero estaba convencido de que era ella. No podía ser de otro modo. De haber sido una hora menos intempestiva se hubiera atrevido a importunarla, pero fue algo más profundo que una duda lo que le impulsó a negar. Allí nadie respondía a ese nombre, no conocían a su prima. Eso dice. Además, para entonces, los rasgos del forastero se le comenzaron a hacer familiares. Se daba un aire a … Pero no, no podía ser. Estuvo a punto de preguntarle. No cometió esa torpeza porque comprendió que su deneí no podía mentir. Si él decía llamarse Ricardo Gresa y su documentación así lo acreditaba, quién era él para ponerlo en duda. Se atrevió, eso sí, a preguntarle, de dónde venía. Tuvo la sensación de que conocía de antemano su respuesta, una respuesta vaga e inconcreta, que venía de aguas abajo. Y el silencio de la noche lo inundó todo, con el mismo negror que había percibido fuera, a pesar de que las luces del vestíbulo seguían iluminándolo todo. El olor. El olor fétido de limos ocres acumulados por el paso del tiempo en aguas putrefactas lo inundaba todo. Martín no lograba apartar de sí la idea de que todo procedía de él, de aquél que no podía ser quien decía. Y se alegró de que fuera tarde, de no poder llamarla a ella, a Angustias, porque nunca había sentido tan de cerca el temor de perderla.

Después él se retiró de nuevo a su habitación.

Toda la noche la pasó intentando poner en orden sus ideas, tratando de apartar de su mente la idea peregrina de que pudiera ser aquel enamorado de leyenda que se negó a abandonar el pueblo viejo y que hacía sonar las campanas en los días de tormenta, recordándoles a todos la tragedia de su amor pues ella sí que había hallado el modo de regresar. De regresar a la vida. Estaba claro quién era ella, quién era él. Estaba claro que la buscaba para regresar ambos, aguas abajo, a las profundas aguas que inundaban el pueblo viejo. No pudo pegar ojo en toda la noche, y cuando lo hizo, las pesadillas acababan por hacerle despertar sobresaltado, en mitad de un sudor frío que le calaba hasta el tuétano.

Amaneció. Ni rastro de la oscuridad. Un sol radiante se anunciaba a través de la ventana de la recepción. Ni rastro del silencio. Pura, la cocinera, y otra de las chicas, cacharreaban ya en el comedor, preparándo lo todo. Ni rastro de aquel olor a pez, a aguas profundas, a limos. Se sintió como recién salido de un sueño, de una pesadilla.

Ricardo Gresa madrugó bastante. Apareció ante él solicitando lo que la noche anterior le había ofrecido, si podía llamar a su amigo, al del taller por ver de reparar su viejo Renault. A ver si de una vez por todas podía reanudar su viaje, quería llegarse hasta Mues, y quizás a Revuelta. Martín lo hizo. Sin cesar de mirar a su cliente, sin hallar en él ni rastro de los alarmantes indicios que hacía tan sólo unas horas eran tan notorios. Y apareció Angustias. Nada dio la impresión de que se conocieran de antemano. Eso le tranquilizó.

Dice Martín que antes de terminar su turno e irse a dormir encargó a Angustias la limpieza de aquellas huellas que, a pesar de todo, seguían allí, ensuciándolo todo, demostrando que no todo fue una quimera. Cuando llegó Alfonso y se hizo cargo él se marchó. Al pasar junto a Angustias notó que ésta le sonreía, como siempre soñó, y se quedó allí, a su lado, sin saber qué decir. Fue ella la que, sin dejar de sonreír le dijo que no tuviera miedo, si él quería ella nunca se iría de allí, nunca regresaría aguas abajo.

Fue al cabo de unos días cuando, alertada la guardia civil por la aparición de unas huellas extrañas en el camino del pueblo viejo, reclamaron la presencia de la unidad subacuática. Las huellas, perfectamente visibles en un suelo tierno por las últimas lluvias, pertenecían a un automóvil, llegaban desde la carretera y recorrían todo el camino, hasta el borde del agua, internándose en ella, sin que nada hiciera pensar que se detenían en aquel punto. Los buzos encontraron, a unos cientos de metros, próximo ya al pueblo viejo el esqueleto metálico de Renault antiguo, a medio desguazar y completamente vacío, nadie se explica cómo pudo llegar allí.

Martín, eso dice, prefirió callar. En realidad él no sabía nada. Qué podía decir él.

Manuel Arriazu Sada, nace en Ablitas (1952) y residente en Fustiñana (Navarra), de profesión Maestro. En la actualidad es profesor de E.S.O. en el Instituto Benjamín de Tudela.

Pertenece al Grupo Literario TRASLAPUENTE, de Tudela, y fue cofundador y colaborador de El Ideal de Fustiñana en su segunda época. Colabora con la Voz de la Ribera.

- “Invitados”. (2006), es su primer libro de relatos.
- “La lentitud de las balas”. (2007), de relatos también.
- “Animalicos”. (2008)
- “Cielo de luto”. (2009)

Ha obtenido algunos reconocimientos en diversos concursos y certámenes literarios en la modalidad de cuento y relato breve, también en poesía, entre los que se encuentran el Ana de Velasco de Marcilla, (2000 y 2003), Lapurbide de Ansoáin (2001 y 2004), Premio Navarra – en Tudela (2002 y 2003), Lope García de Salazar de Muskiz (Vizcaya, 2003), Certamen Literario sobre la Cultura del Vino, de San Martín de Unx (2003), Villa de Murchante (2003), Villa de Lodosa (2003), 2º Premio de la V Edición del Concurso de Cuentos de Marbella (2004), Encarna León de Melilla (2004), Ciudad de Tudela (2004 y 2007) FridaKahlo de Rivas-Vaciamadrid (2005 y 2006), Lasarte-Oria (2006), Ciudad de Tudela de Poesía (2006), Villa de Milagro (2007), Concurso de cuentos de Aller (2007), Villa de Ermua (2007), Ateneo Riojano de poesía (2007), Cuentos del Moncayo (2007), Cofradía del Vino de Navarra “Del vino y de la viña” Olite (2007), Certamen Literario de Bustar Viejo (2008), Juan Martín Sauras de Andorra (Teruel, 2008), Accésit en el Teruel de relatos (2008), Villa de Mendavia (2008), Bilordios de Pinón de Sograndio (Accésit) (2008). Cuentos sobre el Agua Aljarafesa de Sevilla (2009), Accésit en el Concurso de Cuento Satírico de la Oliva – Tenerife (2009), Accésit en el XII Certamen de Relato Corto “Frida Khalo” de Rivas-Vaciamadrid (2009), 1º Premio en el XVIII Certamen de Relato breve Lapurbide, de Ansoáin (2009), 1ª Premio en el X Certamen Literario “Villa de Mendavia” (2009), Accésit en el VI Cuentos junto a la Laguna (Berrueco-Gallorcanta) (2009).

 

 

 

 

 

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