certamen-2010

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Primer Premio de Relato 2010

Bienaventurados los sedientos

Salomé Guadalupe Ingelmo

Tan fascinado está por esa superficie insidiosa que no ha reparado en la presencia del temido representante de la ley. El espejo líquido ejerce siempre un enorme poder sobre él. Reclama toda su atención. Incluso logra que por unos momentos se abstraiga de la realidad fea y sucia que le circunda.

-¿No te olvidas de algo? –dice el alguacil. La voz sobresalta al corso, por lo general impasible.

Es verano y, aunque los aguadores sevillanos tienen permiso para llenar sus cántaros en las fuentes públicas de la Alameda gratuitamente, están obligados a regar el paseo mientras dure el calor sofocante. Lejos de adoptar una actitud servil, el corso se limita a lanzarle una muda mirada torva. En su pueblo natal, una pequeña aldea encaramada en la montaña, tenía fama de ser hombre de pocas palabras, y los muchos años vividos en Sevilla no le han vuelto más locuaz: Está seguro de que los vecinos no son conscientes de cuán justo es el sobrenombre por el que le conocen: él es y será siempre un corso. No importa dónde viva ni dónde muera.

- Precisamente ahora nos disponíamos a regar el paseo. Cuando lo hayamos dejado fresco como mandan las ordenanzas, llenaremos de nuevo los cántaros y nos dirigiremos al corral. Aún tenemos tiempo antes de que empiece la comedia –interviene obsequioso el muchacho recién llegado.

El joven aguador comienza a salpicar la hilera de árboles más próxima. Sólo su mirada suplicante logra que finalmente el corso aparte los ojos del alguacil y le imite con desgana. Una vez acabada la tarea, ambos aguadores llenan de nuevo sus cántaros y echan a andar lentamente hacia el Corral de San Pedro. En la entrada principal les esperarán los dos pilluelos que se cuelan entre la multitud y venden sus productos. Mientras, ellos permanecen tras los aposentos bajos y al lado de las escaleras de los altos, justo en la parte derecha de la entrada al patio del corral, en el angosto “sitio del aguador”, de apenas siete tercias de lado.

- Ándante con ojo, corso – susurra el compañero -. A Alonso lo han pillado con las manos en la masa. Lo han detenido ayer. Está acusado de coger agua ilegalmente en los Caños de Carmona.

- Bien podía encargarse la justicia de perseguir a los delincuentes de verdad en lugar de cebarse con los pobres muertos de hambre como nosotros. Nuestro oficio es duro. A veces robamos el agua, sí, pero lo hacemos para sobrevivir.

- Razón no te falta. Pero razones no les faltan tampoco a ellos. Sabes bien que en Sevilla el agua es casi tan preciosa como el oro.

- Sé que los pobres desgraciados beben con ansia los vasos que les ofrezco por unas monedas ganadas con mucho esfuerzo. Que los miran con devoción, como si fuesen el cáliz en el que el de Arimatea recogió la sangre de Nuestro Señor. Pero sé también que en los palacios hay tinas en las que los señores se sumergen por completo. Tampoco me parece que los aguadores que transportan varios cántaros sobre sus mulos o en sus carritos, quienes venden grandes cantidades de agua por las casas de Sevilla, sean tan perseguidos como nosotros.

Caminan lentamente, pues la carga es mucha y temen derramar el precioso contenido de sus cántaros. Cada gota tendrá un precio apenas lleguen a su destino y los vecinos, asaeteados por el sol inmisericorde, reclamen sus servicios. Tendrán que pagar una buena cantidad de maravedíes al arrendador del corral para poder vender entre sus muros, pero habrá valido la pena. Por supuesto ofrecerán también vino, aloja e incluso hielo a quien lo pueda pagar. Unos pocos afortunados se permitirán incluso alguna pieza de fruta. Al fin y al cabo, los corrales reúnen a un público muy variado. No faltan miembros de la clase alta dispuestos a mezclarse con el vulgo. Algunos acuden en busca de esas aventuras galantes que ni siquiera la separación de sexos impuesta por las autoridades logra evitar, y en las que muy a menudo los propios aguadores actúan como intermediarios, llevando recados de uno a otro lado con la excusa de ofrecer de beber. Otros, ansiosos de reyertas en las que ahogar su exceso de ardor. Los estudiantes son quizá los más temibles. Acostumbrados como están a ver el espectáculo gratis, no es infrecuente que se nieguen a pagar lo consumido. Más de un aguador ha recibido heridas de arma blanca por pretenderlo.

- Dice aquel caballero que unos labios tan jugosos como ésos no deben quedarse nunca secos. Que él haría cuanto estuviese en su mano por evitarlo, pero que, habiéndose empeñado la autoridad en ir contra natura al separar a los caballeros de las damas en este recinto hecho para solazarse, estándole vedado por el momento cualquier otro procedimiento para conseguirlo, me envía a mí con este pobre sustituto –el picaruelo le tiende la delicada copa de vidrio veneciano, pues el caballero ha accedido a pagar un poco más por el mandado. Debe de estar muy interesado. Y no es de extrañar: a pesar de ser ya gallina vieja, tiene aún un cuerpo bastante lozano.

La dama de mediana edad no despega los labios del borde hasta no haber apurado la copa. Lo hace sin apartar los ojos en ningún momento del caballero, con un descaro inaudito pero no inusual. En los corrales todos se sienten libres de abandonar sus papeles cotidianos por unas horas. Es un lugar para el disfrute, el desenfreno y, no pocas veces, para la lujuria. Seguramente se tratará de una dama tenida por especialmente recatada, una de las más honestas de su vecindario.

La mirada lasciva de ella y la de él se encuentran a medio camino. Danzan en el aire ajenas al resto de ojos que se buscan y se encuentran entre la muchedumbre.

A pesar de su corta edad, el bribonzuelo está muy acostumbrado a ese género de escenas y sabe hacer bien su trabajo, de modo que ni siquiera se sonroja. Los observa con una curiosidad casi científica. Toda la información que acumule sobre el comportamiento de los adultos le será útil con sus sucesivos clientes. Al fin y al cabo, las mayores propinas se obtienen como alcahuete y no como vendedor de agua o fruta.

-Dile a ese caballero que aún me he quedado con sed. Con mucha. Pero que, entre tanto, puede pagarme media docena de higos bien dulces.

El caballero sonríe satisfecho mientras escucha al muchacho. Mete la mano en la cesta y, tras asegurarse de que ella aún mira, comienza a apretar sin demasiadas contemplaciones uno de los frutos casi negros e invitantes. El muchacho se dice que tanto sobar esas brevas ya maduras no puede hacerle ningún bien a la fruta. Pero poco importa: es evidente que, con tal de complacerle, ella se las comerá estén blandas o no. Y a juzgar por los ojos con los que mira el generoso escote, él hará otro tanto apenas se le ofrezca la oportunidad.

- ¿Quién podría resistirse a semejante delicia? No hay nada como un vaso de agua recién cogida con esta calor –dice el caballero mientras le tiende una moneda. Le ofrece una amable sonrisa. No todos lo hacen. El corso intenta corresponderle como mejor puede; no está acostumbrado a sonreír.

El pintor se dirige al cercano Corral de San Pedro. Está a unos pocos pasos de la casa de sus padres y allí seguramente tendrán agua que ofrecerle, pero desde niño le fascinan esos hombres que la venden por las calles. Recuerda su primer vaso: el delicioso aroma del líquido cristalino, el higo maduro, negrísimo, henchido hasta el punto de abrirse y dejar escapar por sus delicadas llagas el dulce néctar, en el fondo de la copa. Además ha estudiado su rostro desde lejos. Tiene que ser él. A medida que se ha ido acercando a esos dos hombres, ha comprendido que no puede dejar pasar la oportunidad.

- Prodigioso. Las gotas que rezuman y resbalan por la panza del enorme cántaro… Es sin duda vuestro bodegón más soberbio. Qué extraño. Parece casi como si las figuras fuesen saliendo a la luz progresivamente. Como si las tinieblas se fuesen disipando a su alrededor poco a poco, lavadas quizá por esa agua tan cristalina. Así iluminados, parecen casi figuras sacras. No se diría una escena cotidiana. Como si no se tratase de un aguador sino, Dios me perdona si blasfemo, del mismísimo Cristo ofreciendo el cáliz de la redención, el dulce fruto de su martirio y Pasión, el néctar de la reconciliación –comenta sobrecogido.

El pintor sonríe casi imperceptiblemente.

- Los puestos de los aguadores son tan angostos que a penas están iluminados. La única luz que llega hasta ellos es la que proviene del patio del corral, y lo hace siempre desde el frente. Por otro lado, como sabéis, el agua es tan valiosa en Sevilla que bien merece un lugar de honor en un cuadro. Porque, en efecto, quien tiene sed debe ser saciado –se limita a decir.

Mientras conversa con el amigo sigue pintando su hermético mensaje. Concentra su atención en el joven del fondo, el que aún reside en la penumbra de la que el contenido del vaso que apura le sacará en breve, saciándole de unos conocimientos que ni siquiera es consciente de ansiar. Sus ojos buscan después la escena principal, ésa en la que el aguador ofrece su experiencia al muchacho dentro de una copa, encerrada en ese higo, en ese fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, iluminándole como él espera iluminar con ese cuadro a todos cuantos sepan leer la alegoría que encierra. El muchacho mira el evanescente vidrio con reverencia y respeto, embelesado aunque aún incapaz de comprender el secreto tesoro que se le ofrece. Los jóvenes dedos y la piel áspera del hombre maduro se rozan levemente mientras ese precioso testigo pasa de una mano a la otra. El corso tiende con elegancia el fino regalo, siguiendo las instrucciones recibidas del pintor. Sin embargo, algo empaña el gozo del momento. Algo turba al pintor. Algo enturbia el mensaje de su cuadro. Observa detenidamente el perfil anguloso. El gesto desabrido del corso acabará arruinándolo todo.

- Procurad parecer un poco menos hosco –pide sin lograr esconder su disgusto. Imaginad que la copa que ofrecéis al muchacho no está llena de agua sino de salvación. Imaginad que rebosa la dulce sangre de Cristo.

El corso le mira extrañado, con una singular pesadumbre en el rostro. Porque dentro de ese cáliz primorosamente labrado, en efecto, él no ve agua cristalina sino sangre. Una sangre tan densa que jamás la podrá borrar, tan persistente que toda el agua de Sevilla no logrará lavarla jamás. Una sangre que su perpetuo destierro no podrá compensar.

- Qué has hecho, desgraciado. Corre, no pierdas tiempo en recoger nada.

- ¿Qué podría recoger, si nada poseo?

- A partir de ahora ya no tendrás ni siquiera patria. Corre, Giacomo, corre. Si te encuentran, te matarán. Y ellos sabrán buscarte. Huye lejos, lo más lejos que puedas. No habrá perdón, lo sabes. No regreses jamás –su padre se limita a estrecharlo entre sus brazos fugazmente. Contiene las lágrimas. Ese día pierde a su único hijo para siempre. El agua no correrá más en su casa.

Salta entre los riscos. Con cada zancada maldice ese temperamento que a menudo no es capaz de domeñar. Él, que rara vez se acuerda de Dios, ruega pidiendo recibir templanza un día. Y caridad, toda esa caridad que habría podido salvarle. Una discusión tan estúpida por una oveja, por una oveja que no debería haber bebido en ese arroyo… Y sin embargo, todas las criaturas deberían tener derecho a no pasar hambre ni sed, ahora lo sabe. Ahora, casi treinta años después y mil fatigas después, lo sabe bien. Pero entonces él era sólo un muchacho ignorante, un muchacho estúpido e impulsivo. La sangre se extiende, inunda el arroyo, fluye entre las piedras empapando el suave musgo que las viste y manchando el verde de las orillas. Ya nunca nada será lo mismo. Los colores jamás volverán a estar limpios. Porque jamás habrá redención ni reconciliación consigo mismo.

La voz aterrada del muchacho le salva de sus negros recuerdos.

- Creí que habíais acabado de pintar el agua, señor –se disculpa el muchacho mientras la copa vacía tiembla entre sus manos.

- Es justo que quien tiene sed sea saciado –el pintor le ofrece una leve sonrisa.

- Y que quien padece hambre sea nutrido –añade el corso. Extrae el higo maduro de la copa ahora vacía y lo ofrece con inaudita delicadeza al muchacho, como un pájaro alimentaría a su polluelo.

El día que el pintor da la última pincelada, su alma se aflige. El hombre generalmente sombrío, no sabe bien cómo, ha ido librándose de un peso que le aplastaba. En los últimos días ha sido incluso capaz de esbozar la tibia sonrisa que el pintor le pedía. Aunque no sepa precisar muy bien el qué, siente que ese cuadro le ha devuelto algo, algo que nada tiene que ver con el dolor que le ha acompañado toda la vida.

Mientras se disponen a abandonar el taller, escucha a sus espaldas la voz campechana que le agradece de nuevo su diligencia. No sólo les ha pagado bien, sino que además les ha tratado con respeto, les ha devuelto la dignidad.

- Aguador, no me habéis dicho vuestro nombre –grita Velázquez.

El corso se gira en el umbral de la puerta. Podría estar entrando o saliendo. Alguien recién llegado nunca podría saberlo. La mano derecha, apoyada con reverencia en el quicio, en ese símbolo del hogar que él, en el fondo, nunca podrá tener. La mano derecha, sobre la madera, como quien se dispone a jurar sobre el sacro libro.

- Cors… - el corso duda unos segundos. Su rostro normalmente impenetrable parece revelar un profundo padecimiento. Pero luego, súbitamente, las sombras se disipan y la luz regresa-. Giacomo – dice con una voz inusualmente clara, tintineante como los arroyos de tierras lejanas.

NOTAS EXPLICATIVAS A BIENAVENTURADOS LOS SEDIENTOS

Se sigue debatiendo sobre el significado alegórico que el cuadro El aguador de Sevilla pudo tener. Podría tratarse de una alegoría de la caridad o incluso de la prudencia, pero normalmente se considera que representa la transmisión del conocimiento entre las tres edades del hombre. En cualquier caso, sigue sin poderse afirmar si la alegoría es de naturaleza sacra o profana. Quizá en realidad en el cuadro se fundiesen ambas.

Sabemos que los aguadores, aprovechando que también vendían fruta, introducían higos en las copas de agua para perfumarlas y hacerlas aún más agradables al paladar. No obstante, dado que el mensaje del cuadro parece ser que la sabiduría ilumina al hombre, la autora ha querido relacionar la presencia del higo con los comentarios de los sabios hebreos sobre el texto bíblico. Muchos de estos estudiosos, ya desde muy antiguo, consideran que el fruto prohibido no fue una manzana sino un higo. Razón por la cual el higo se convertiría en el símbolo de la sabiduría.

La tradición según la cual el aguador del famoso cuadro de Velázquez era conocido como “el Corso de Sevilla” no aparece documentada hasta cuatro décadas después de la muerte del propio Velázquez. Nada se sabe sobre este personaje al que el relato ha pretendido dotar de un pasado. Ni siquiera sabemos si realmente era corso. Por supuesto, no conocemos el nombre del aguador. El nombre italiano de Giacomo, Santiago en castellano, ha sido elegido atendiendo a la tradición según la cual éste apóstol era denominado el “hijo del trueno” por su fogosidad.

La tradición según la cual José de Arimatea recogió la sangre de Cristo crucificado en el cáliz usado durante la Última Cena, el denominado Santo Grial, al que se le atribuirían poderes milagrosos después, aparece citada por primera vez en la obra Joseph d’Arimathie de Robert de Boron, escrita en el siglo XII. Éste, como es bien sabido, pasará a ser un tema central en el Ciclo Artúrico. El Corral de San Pedro estaba situado a cien metros de la casa en la que nació Velázquez. Dicho corral, efectivamente, estuvo activo mientras el pintor vivía.

Siete tercias equivalían aproximadamente a dos metros. En cualquier caso, la tercia no correspondía a la misma cantidad de centímetros en cada región española.

En efecto sabemos que los aguadores y/o los chiquillos que trabajaban para ellos actuaban también como alcahuetes, y que estas prácticas se veían facilitadas durante las representaciones de comedias en los corrales.

De la persecución del hurto del agua por parte de los aguadores sevillanos (es decir, su acceso a fuentes, conducciones o depósitos en las que no podían abastecerse gratuitamente) queda constancia en el Archivo del Alcázar de Sevilla. Los documentos revelan también los conflictos entre estudiantes y aguadores, uno de los cuales (el aguador del Corral de la Montería, en 1652) resultó muerto durante una pelea. Las fuentes del periodo también informan sobre el pago de dinero por parte de los aguadores a los arrendatarios de los corrales para que se les permitiese vender durante los espectáculos.

Salomé Guadalupe Ingelmo es Doctora en Filosofía y Letras (especializada en Historia del Oriente Próximo antiguo) por la Universidad Autónoma de Madrid (tesis realizada en régimen de cotutela con la Università degli Studi de Pisa) y miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo, con sede en la Universidad Autónoma de Madrid.

Ha vivido durante diez años en Italia y ahora desarrolla actividad docente como profesora de lengua acadia e historia y cultura del Oriente Próximo antiguo en el marco de la asignatura de libre configuración “Lengua y cultura en el mundo arameo” impartida en la Universidad Autónoma de Madrid.

Durante su estancia en Pisa y Roma, ha desarrollado actividades como traductora de italiano y como docente de lengua castellana para extranjeros.

Es autora de un buen número de relatos, muchos de los cuales pertenecen al género histórico, y de algunas poesías en lengua italiana.

PRODUCCIÓN LITERARIA

Certámenes Literarios:
2.008:- Ganadora del I Premio “Prologando a los clásicos” de la Editorial Nemira. Seleccionada para formar parte de la antología de mejores relatos del Premio Contra Reloj de la Editorial Hipálage. Segundo premio en el I Concurso de Leyendas PJ SICA. Seleccionada en el II Premio Orola de Vivencias para participar en la Antología de mejores vivencias. Finalista en el I Premio Nacional de Relato Corto sobre Texto Científico de la Universidad de Murcia. Primer accésit del VI Premio “Briareo” de cuentos organizada por la Asociación de Amigos de los Molinos de Mota del Cuervo. Finalista en el I Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve “El Rioja y los 5 Sentidos”. Seleccionada en el III Concurso de Microrrelatos Literatura Comprimida del Servicio de Juventud de la Comarca de la Sidra (Asturias).
2.009: Seleccionada (mes de enero) en el I Concurso de Microrrelatos sobre Abogados organizado por El Consejo General de la Abogacía Española y la Mutualidad General de la Abogacía por su relato “A fuego lento”. Seleccionada (mes de marzo) en el I Concurso de Microrrelatos sobre Abogados organizado por El Consejo General de la Abogacía Española y la Mutualidad General de la Abogacía por su relato “Testamento”. Seleccionada para formar parte de la antología de mejores relatos del Premio Algazara de Microrrelatos de la Editorial Hipálage. Accésit en el certamen de relato corto “Las redes de la memoria, 2.008” de la Asociación Globalkultura Elkartea. Ganadora del premio “Paso del Estrecho” de la Fundación Cultura y Sociedad de Granada con la colaboración de la Asociación UNESCO para la Promoción de la Ética en los Medios de Comunicación. Primer accésit en el Certamen Literario Nacional José María Franco Delgado de la Hermandad de los Estudiantes de San Fernando de Cádiz (cuyo primer premio se declaró desierto) por su relato “El olvidado espíritu de la Navidad”. Seleccionada para formar parte de la antología de textos del II Premio Algazara de Microrrelatos de la Editorial Hipálage. Premio Extraordinario de Cuento Hiperbreve en el Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes” 2.009 del Cuento, la Poesía y el Monólogo Teatral Hiperbreves de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) Y Comunicación, Oralidad y Artes (COMOARTES), S.L. Segundo premio en el XVII Certamen de Relato Breve y Poesía “Mujerarte” de la Delegación de la Mujer de Lucena (Córdoba) por su relato “Las costuras del alma”. Segundo premio en el X Certamen Literario “Federico García Lorca” del Ayuntamiento de Parla (Madrid) por su relato “El duende que tuvo que crecer”. 2.010: Finalista en el I Premio Grup Loebher de Relato Temático por su relato “El amor en tiempos internaúticos”. Finalista en el I Certamen de relatos cortos Mujeres sin Fronteras.

Publicaciones: Un Mal Día, en A Contrarreloj II, Colección “Para Surcar el Tiempo”, Ed. Hipálage, Osuna: 2.008, p. 135. Prólogo a la edición de El Relato de Dorian Gray de la Ed. Nemira colección Literatum, Murcia: 2.008. Vivencia titulada Remordimiento, en la Antología del II Premio Orola de Vivencias, Madrid: 2.008, p. 294. Bajo la superficie, en la antología de los textos finalistas del I Premio Nacional de Relato Corto sobre un Texto Científico, Universidad de Murcia, Murcia: 2.008, p. 47-56. Relato titulado La imperfección del círculo, en la antología de relatos ganadores del VI Premio “Briareo” de cuentos organizada por la Asociación de Amigos de los Molinos de Mota del Cuervo, Cuenca: 2.008, p. 29-41. Zoo chico, Tercer Concurso de Microrrelatos Literatura Comprimida 2.008. Programa CREACIÓN, edición electrónica del Servicio de Juventud de la Comarca de la Sidra (Asturias) con el patrocinio de CajAstur, p. 172. El vuelo forzado de las mariposas, Tercer Concurso de Microrrelatos Literatura Comprimida 2.008. Programa CREACIÓN, edición electrónica del Servicio de Juventud de la Comarca de la Sidra (Asturias) con el patrocinio de CajAstur, p. 173. Con los pies sobre la tierra, en la antología de los textos seleccionados en el Premio Algazara de Microrrelatos de la Editorial Hipálage “Cuentos para sonreír”, Ed. Hipálage, Osuna: 2.009, p.100. Strappo, en la revista digital Slovo. Revista de literatura, arte y ensayo. Recuerdos de una vieja Gloria, en la antología de los textos finalistas del I Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve “El Rioja y los 5 Sentidos”, p. 52. Todos tenemos la sangre tinta, en la antología de los textos finalistas del I Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve “El Rioja y los 5 Sentidos”, p. 53. La vocación de mi bisabuelo el bodeguero, en la antología de los textos finalistas del I Certamen Internacional de Literatura Hiperbreve “El Rioja y los 5 Sentidos”, p. 51. Brota de mis dedos el fuego purificador, en la revista digital miNatura. Revista de lo breve y lo fantástico 96, septiembre-octubre 2.009, p. 20-21. El nido vacío, en la antología de los textos finalistas del certamen de relato corto “Las redes de la memoria 2.008” de la Asociación Globalkultura Elkartea. “Las redes de la memoria-2008-Oroimenaren sareak”, VV. AA. Globalkultura Elkartea, A Fortiori Editorial: 2.009, pp. 125-134. Il buongiorno si vede dal mattino, en la antología de textos seleccionados en el II Premio Algazara de Microrrelatos de la Editorial Hipálage “Más cuentos para sonreír”, Ed. Hipálage, Osuna: 2.009, p. 116. El niño y la tortuga, en la antología de textos premiados en el Concurso Internacional de Microficción para Niñas y Niños “Garzón Céspedes” 2.009 del Cuento, la Poesía y el Monólogo Teatral Hiperbreves de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) y Comunicación, Oralidad y Artes (COMOARTES), S.L. Colección Gaviotas de Azogue 93, octubre 2.009, CIINOE/COMOARTES S.L., p. 3. El guardián del último sello, en la revista digital miNatura. Revista de lo breve y lo fantástico 98, noviembre-diciembre 2.009, p. 34. El ocaso del cazador, en la revista digital miNatura. Revista de lo breve y lo fantástico 99, enero-febrero 2.010, p. 33.

Actualmente en prensa: Vano Holocausto, en la antología de relatos participantes en el VII Certamen de relato Breve “Vales más que tu imagen”, publicado por la Asociación AVALCAB. Bajo el signo del naufragio, en la antología de los textos ganadores del certamen de relato corto “Paso del Estrecho” de la Fundación Cultural y Sociedad de Granada. Las costuras del alma, en la antología de los textos ganadores del certamen de relato corto XVII Certamen de Relato Breve y Poesía “Mujerarte” de la Delegación de la Mujer de Lucena (Córdoba). El duende que tuvo que crecer, en la antología de los textos ganadores del certamen de relato corto X Certamen Literario “Federico García Lorca” del Ayuntamiento de Parla (Madrid). El amor en tiempos internaúticos, en la antología de textos ganadores del I Premio Grup Loebher de Relato Temático.

 

 

 

 

 

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